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La última mujer en un pulmón de acero murió a los 78 — y ya no hay nadie que pueda reparar esos aparatos
Martha Lillard tenía 5 años cuando le dijeron que no viviría más de 20. Los doctores la declararon sentenciada por la polio. Engañaron a la muerte por 58 años más.
Murió el viernes pasado en Oklahoma a los 78 años, convirtiéndose en la última persona en Estados Unidos que usaba un pulmón de acero. Y con ella se fue un conocimiento que ningún manual puede recuperar: cómo reparar estos aparatos que ya no fabrica nadie.
¿Qué es un pulmón de acero?
Si naciste después de 1990, probablemente solo has visto uno en fotos. Un pulmón de acero es un cilindro metálico de 1.8 metros que envolvía el cuerpo del paciente desde el cuello hacia abajo. Funcionaba como un respirador artificial mecánico: bombear aire para inflar los pulmones de personas cuyos músculos respiratorios estaban paralizados por la polio.
En los años 50, miles de estadounidenses dormían dentro de estos tubos. Las salas de polio de los hospitales estaban llenas de ellos. Era el COVID de su generación: una enfermedad que paralizaba niños sanos de la noche a la mañana.
Luego vino la vacuna de Jonas Salk en 1955, y los pulmones de acero se convirtieron en reliquias. Para 1979, la polio fue eliminada en EE.UU. Los fabricantes dejaron de producirlos. Los hospitales los desguazaron. Y los únicos que quedaron eran los que ya estaban en uso.
Martha vivió sola, cocinó sola, se casó a los 73 años
Lo que hace extraordinaria la historia de Martha no es que sobrevivió — es lo que hizo con su supervivencia.
Asistió a la escuela primaria dos horas al día. Para la secundaria, usaba un sistema de intercomunicadores para hablar con profesores y compañeros de clase sin salir de casa. Se graduó. Luego aprendió a cocinar sola aunque no podía levantar los brazos por encima de la cintura.
Su familia hacía viajes por carretera a Missouri con un tráiler personalizado. Su padre llamaba a los hoteles preguntando si las puertas eran lo suficientemente anchas para pasar el cilindro. En algún momento, Martha incluso manejó un auto.
Y después del 11 de septiembre de 2001, entró a una sala de chat en internet para entender lo que pasaba en el mundo. Ahí conoció a un hombre en Egipto. Se escribieron durante 20 años. En febrero de 2026, él finalmente consiguió la visa para ir a Oklahoma. Se casaron.
"Eran almas gemelas", dijo su hermana Cindy McVey. "Él está destrozado".
COVID la mató, no la polio
Martha contrajo COVID-19 dos veces durante la pandemia. Antes de eso, tenía menos del 25% de capacidad pulmonar. Los últimos cinco años de su vida no pudo salir de casa. Los últimos dos años, estaba en el pulmón de acero casi 24 horas al día.
La causa de muerte en su certificado: insuficiencia pulmonar crónica y síndrome de polio post-agudo, agravados por el COVID de largo plazo.
Ella misma lo escribió en su obituario: "murió de COVID de largo plazo".
"Ya no queda nadie que los repare"
En sus últimos años, la familia y ella buscaron desesperadamente a alguien que pudiera arreglar su pulmón de acero. Tuvieron varios a lo largo de su vida, pero los repuestos ya no existen. Los técnicos que sabían cómo funcionaban ya están muertos.
"Pero ya que ella es la última, ya no necesitamos eso", dijo McVey entre lágrimas.
Esa frase es un golpe al estómago. Porque revela una verdad incómoda: cuando la última persona que depende de una tecnología muere, el conocimiento para mantener esa tecnología muere con ella.
¿Y si la polio vuelve?
Esto no es solo una historia sentimental. Es una advertencia.
En 2025, la vacunación infantil contra la polio en EE.UU. cayó por debajo del 90% por primera vez en décadas. El movimiento anti-vacunas ha ganado terreno. En países como Afganistán y Pakistán, la polio sigue activa. Y el virus de la polio tipo 2, declarado erradicado en 1999, reapareció en 2022 en Mozambique.
Si la polio regresara mañana, no tendríamos pulmones de acero para construir. No tendríamos los técnicos que los reparaban. No tendríamos las fábricas que los fabricaban. Y el conocimiento de cómo mantenerlos vivos dentro de un cilindro de metal se fue con Martha Lillard.
Las vacunas nos salvaron de los pulmones de acero. La pregunta es: ¿por cuánto tiempo seguiremos confiando en ellas?
La lección que nadie quiere escuchar
Martha Lillard escribió su propia obituario. Ahí se describió como voluntaria de la Sociedad Humana y amante de los beagles. Colgó fotos de sus poemas y canciones. Se definía por lo que hacía, no por lo que no podía hacer.
Per vivió una paradoja que define nuestra época: la ciencia la mantuvo viva 73 años más de lo que los doctores pronosticaron, pero la ciencia que la mantenía viva está desapareciendo.
Y eso no le importa a nadie hasta que se necesita.
Comparte esto con alguien que piensa que las vacunas son opcionales. La historia de Martha Lillard es la prueba de lo que pasa cuando el miedo gana sobre los datos.