Un riñón de 100 años sigue funcionando 48 años después del trasplante

Sala de trasplante o equipo médico
Un trasplante de riñón de donante vivo puede superar con creces la esperanza de vida promedio.

En 1978, un adolescente de 16 años en Nueva York enfrentaba la única opción que le quedaba: un trasplante de riñón. Su madre, Betty Vetuskey, no dudó ni un segundo. Casi medio siglo después, ese riñón —que hoy tiene 100 años— sigue funcionando en su cuerpo.

Raymond Vetuskey acaba de cumplir 65 años, y lo celebra con un dato que deja boquiabiertos a los médicos: el riñón que su madre le donó en marzo de 1978 sigue funcionando a la perfección. Tras **48 años** desde el trasplante, ese órgano cumple nada menos que **100 años de edad biológica** entre el nacimiento de Betty y el presente.

El trasplante tuvo lugar en el University of Rochester Medical Center. Betty tenía 52 años cuando donó uno de sus riñones a su hijo. El chico estaba perdiendo peso y fuerzas por la diálisis, y aquel órgano compatible fue su salvación. Según cuenta Raymond, tres semanas después ya estaba en un concierto de Genesis con el ticket guardado hasta hoy.

Lo más sorprendente no es solo el tiempo, sino lo **excepcional** del caso. Un riñón trasplantado de donante vivo suele durar entre **15 y 20 años**. Alcanzar 48 años es algo que los especialistas ven muy pocas veces. "Es increíble verlo prosperando con un riñón que funciona tan bien después de 100 años", explica el Dr. Thu Le, nefrólogo del centro. "Es una situación muy poco común".

Raymond y su madre celebraban cada año su "anni-birth-ery" (aniversario de nacimiento y trasplante) con una cena especial. Desde que Betty falleció en 2008, él piensa en ella todos los días. "Soy un milagro y me siento genial todos los días", dice. "Sé que tuve suerte y le agradezco a mi madre".

Más de **100.000** personas esperan un trasplante de órgano solo en EE.UU., y unas 500 de ellas están en lista en Strong Memorial Hospital. Este caso vuelve a recordar algo sencillo pero poderoso: **donar un órgano puede cambiar —y prolongar— una vida durante décadas**. Raymond Vetuskey es la prueba viviente de eso.

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